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EL TELAR Y EL TAPIZ

Cápsula 31 del 15 de Febrero de 2003

Investigación y Guión: Conti González Báez



El arte de "tejer" consiste en la técnica artesanal de entrelazar hilos y entrecruzarlos de forma ordenada. Para ello se utiliza un instrumento fundamental, común a todas las culturas desde los tiempos más antiguos. Se trata del "telar" rústico, una máquina que elabora un tejido a partir de hilos. Para ello coloca un grupo de hilos en forma vertical, manteniéndolos siempre tensos. A este grupo de hilos se le conoce con el nombre de "urdimbre". A continuación se teje con otro grupo de hilos en posición horizontal, llamado "trama”.

Tejer es formar una tela usando la trama y la urdimbre. El telar tiene un mecanismo que permite abrir los hilos de la urdimbre y dejar pasar el hilo de la trama. Para ello se utilizan dos varillas que, metidas en la urdimbre, permiten separar los "hilos pares” de los "hilos impares" en dos partes iguales, dejando un espacio para pasar el hilo de la trama. Este espacio entre las dos capas de la urdimbre se llama "calada".

Los telares han sido fundamentalmente dos: el móvil o telar de cintura y el telar fijo, en sus dos modalidades: vertical u horizontal. El primero es el más primitivo, usado por muchos pueblos de la Antigüedad y perdurando hasta hoy en países como México, Perú e India.

El telar de cintura consiste en dos barras paralelas cuyo extremo superior se ata con una cuerda a un árbol o poste, en tanto que la inferior se lo pasa la tejedora alrededor de la cintura, con el cual sostiene tensa la urdimbre, estirada entre ambas barras. Una varilla de cruce separa los hilos pares de los impares y manualmente, mediante una larga aguja, va pasando el hilo que forma la trama.

El telar fijo se compone de una armadura estable en forma de paralelepípedo, vertical u horizontal, que sostiene otra central que es móvil, con dos rodillos giratorios entre los que se extiende la urdimbre; el inferior enrolla el tejido hecho, en tanto que el superior va soltando hilo. Algunos telares antiguos, como los griegos y romanos verticales, mantenían los hilos de la urdimbre tirantes, añadiéndoles pesas en su extremo inferior.

Tanto en el telar fijo vertical como en el horizontal, la “lanzadera”, portadora del hilo de la trama, se pasa entre los hilos pares e impares de la urdimbre, formando el tejido. En el horizontal los “pedales”, accionados con los pies, sirven para mover los hilos de la urdimbre, facilitando la labor, que en el vertical es exclusivamente manual.

El telar artesanal puede producir tejidos de los más gruesos a los más finos, desde las pesadas alfombras de lana hasta los damascos de seda, pero siempre se sigue el mismo principio: tejer una trama en una urdimbre, previamente colocada sobre el telar.

El telar se remonta a la era antigua y se utilizó en las civilizaciones de China y Oriente Medio, hasta llegar a Europa.

Ya un los tiempos neolíticos el hombre había aprendido a entrelazar fibras vegetales para formar rústicos tejidos, que pronto embellecería mediante el teñido y el estampado. Hace aproximadamente 7,000 años, en las cunas de la naciente civilización ya se conocían el cardado y el hilado mediante husos. Retorciendo y humedeciendo las hebras, el tejedor formaba un hilo largo y resistente a la tensión.

La idea de entretejer hilos horizontales y verticales, tal como se hacía con el mimbre y la paja en la fabricación de canastos, dio nacimiento al telar, instrumento perfeccionado por los egipcios y mantenido sin variaciones hasta la Edad Media.

Desde tiempos remotos, en el Norte de Europa y la India se trabajaba el cáñamo. Los países mediterráneos tuvieron grandes maestros en el arte de hilar, teñir y tejer la lana de las ovejas. En Asia, la antigua China producía seda y, en América, los pueblos indígenas sabían aprovechar la lana de las alpacas y las flores de algodón.

La difusión de ruedas hidráulicas y molinos de viento trajo consigo una progresiva mecanización del hilado artesanal. En 1350 apareció la primera máquina de hilar, muy rústica y origen del posterior torno de hilar, que apareció dos siglos después. Los tejedores consiguieron un método más rápido para conseguir hilo que el hasta entonces utilizado, de forma manual mediante ruecas y husos.

La urdimbre de los telares necesita ser cargada con muchos metros de hilo, por lo que la aparición de la primera máquina de hilar supuso una importante mejora. El hilo se vendía más barato y las personas que vivían lejos de los mercados de las ciudades tuvieron la posibilidad de tener un telar en su casa y confeccionarse sus propias ropas. Aparecieron los primeros telares domésticos en pueblos y aldeas.

Durante el Siglo Dieciséis, de países lejanos llegaron a Europa artesanos cargados de conocimientos, herramientas y secretos. Los orientales llevaron el camelino, tejido hecho con pelos de camello; los árabes sus técnicas para teñir los hilos. El arte de los telares se enriqueció considerablemente y a partir de entonces proliferó la producción de finos y complicados damascos para la nobleza.

A finales de ese siglo, Europa empezó a producir seda, con el cultivo del gusano llegado de China. Los tejedores la utilizaron para tejer damascos, para los que antes utilizaban el algodón o el lino. Los damascos de seda son llamados brocados.

La seda natural se comenzó a hilar y tejer en China hace 5,000 años. Esta técnica, muy depurada entre los pueblos orientales, condujo no sólo a la realización de un sinfín de motivos para los vestidos, sino que dio lugar a tapicerías del mismo tipo que las de Gobelinos, si bien mucho más finas, hasta el punto de que las más delicadas incluían 22 hilos de trama por centímetro, y en los Kosseus, tapices chinos exclusivamente hechos en seda, podía haber hasta 116.

A fines del medioevo, eran famosas las hermosas telas de Florencia, Luca y Prato en Italia, los linos de Flandes y las lanas inglesas. Las ciudades italianas importaban lana de Inglaterra y fabricaban con ella maravillosos paños; los artesanos venecianos y genoveses se distinguían por la fabricación de sedas labradas, brocados y rasos.

Poco después surgieron las primeras máquinas, como una respuesta a la necesidad de mecanizar el hilado y el tejido. Los trabajadores independientes que hasta entonces utilizaban su devanadera casera tuvieron convertirse en obreros, porque no podían costear las complejas instalaciones. Así nació la industria textil en Inglaterra, que creció a pasos agigantados, sobretodo después de que, en 1733, John Kay inventara la lanzadera volante o telar semiautomático.

En el siglo Dieciocho, nuevas hiladoras automáticas desplazaron casi por completo la fuerza y habilidad del hombre en el procedimiento textil. Pronto vendrían el telar hidráulico, la utilización del vapor y el telar mecánico. El reciente descubrimiento de la ficha o tarjeta perforada para "dar órdenes” a la máquina y planificar el diseño abrió el camino a la automatización.

El Diecinueve es el siglo de la mecanización, cuando apareció el primer telar automático y disminuyó el interés por las cosas hechas a mano. Sin embargo, hasta la fecha, el telar manual sigue siendo de uso cotidiano en muchos países, como el nuestro.

El hilado y el tejido son artes mayas ancestrales, registrados por los escribanos en las estelas precolombinas. La visión maya del cosmos tiene a las tejedoras de telar de cintura como figuras importantes y las muestra como las madres de la creación.

Para las mujeres mayas, el tejer es una metáfora del nacimiento y la creación: los bastidores son llamados “cabeza, corazón y pie”. El telar se amarra a un poste o árbol, símbolo de la “deidad madre árbol” en el centro del universo, con una cuerda a la que se le llama “cordón umbilical”. La parte superior del telar se conoce como la “cabeza” del tejido, la parte inferior como el “trasero”. La lanzadera son las “costillas”. Los hilos de la urdimbre, que pasan por el corazón, se llaman “sustento”. El movimiento de abrir y cerrar el telar es como el latido del corazón y el movimiento de la tejedora al mecer su cuerpo, representa las contracciones del parto.

Los tejidos americanos se iniciaron cuando menos desde hace 4,500 años. Se distinguen por su estallante colorido y por la personalidad de sus motivos geométricos y animales repetidos.

En la antigua Mesoamérica, los artistas no sólo utilizaban algodón blanco, sino también el de coyuchi, de color café. Durante el siglo Dieciséis, los colonizadores españoles introdujeron la lana y la seda. Actualmente se utilizan los tres tipos de fibras.

Los tintes naturales se han utilizado para teñir hilos desde la época prehispánica. Los métodos tradicionales de teñido siguen en pleno auge. Por ejemplo, la cochinilla se utiliza para obtener el rojo profundo y los caracoles de mar para el púrpura. El amarillo se obtiene de los sarmientos del zacatlaxcalli, el negro del carbón y el azul de las plantas de índigo. También se utilizan actualmente tintes comerciales.

El telar de cintura lo utilizan principalmente las mujeres indígenas de las comunidades donde los trajes tradicionales aún son hechos a mano. Se usa algodón y lana. Se han desarrollado técnicas para tejer en este telar el brocado, un arte que exige un trabajo muy arduo.

El telar de pedal, instrumento originario de España, permite tejer paños de lana más anchos. Se usa para confeccionar chales, gabanes, sarapes, ponchos y tapices.

Aún en los países industrializados, se sigue utilizando el telar manual para tejer telas artesanales, principalmente tapices, que se usan en decoración, colgados o enmarcados.

El tapiz es un tejido decorado con escenas multicolores, cuyo dibujo se integra en el mismo, de manera que se va formando al tiempo que el propio tejido. Las figuras o escenas se copian de un modelo o cartón creado por un pintor, del que se sirve el tejedor para confeccionar el tapiz. En ocasiones, el mismo tejedor los pinta. Su confección es una labor manual muy lenta.

Se usan dos tipos de telares. El más simple es el telar de alto lizo, en el que la urdimbre se dispone verticalmente, carece de pedales y la labor se realiza por el reverso de la pieza, por lo que el tejedor coloca delante un espejo para comprobar la marcha del trabajo. El cartón se sitúa detrás y, como guía, se trazan los contornos generales del dibujo en la urdimbre. El artífice va levantando con una mano los hilos de la urdimbre y con la otra pasa los de la trama entre ellos.

El telar de bajo lizo dispone la urdimbre de forma horizontal y sus hilos se separan por medio de pedales, de manera que el tejedor tiene las manos libres para trabajar con la trama. El cartón se sitúa bajo la urdimbre y se trabaja directamente sobre el modelo. Esta técnica es más rápida, pero los resultados no igualan a los del telar de alto lizo.

Los materiales empleados en la confección de tapices son: algodón, “hilo”, lana, seda y lino. Dada su excelente resistencia a la tensión, el algodón se utiliza en el telar tanto en la urdimbre como en la trama.

Se suele llamar “hilo” a toda mezcla de materias que proporciona algo muy fuerte y fino. Existe hilo hecho con una mezcla de algodón, acrílico y poliéster. El color que se le da no se destiñe y no encoge.

Al igual que el "hilo", la lana aparece bajo una inmensa variedad de colores y aspectos. Existen distintos tipos de lana, en función de su origen, como puede ser de oveja, alpaca y camello.

El lino es un material algo rígido, pero es un hilo noble que se usa en la trama, en una urdimbre de algodón. La seda natural es un material muy fino, difícil de tejer. Los resultados son sutiles y delicados.

Los artesanos logran crear tapices llenos de imaginación. Alterando la secuencia con la que se levantan o se bajan los hilos de la urdimbre, se logran diferentes dibujos y texturas. El resultado es espectacular, consiguiendo efectos de luz, color y movimiento sorprendentes.



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